Explorando los límites de la conciencia | 'El herborista alucinado', de Fernando Krapp | 'No en mi nombre', de Christian Ferrer
Hoy es 22 de febrero y se cumplen 27 años del día en que Sergio Goycochea anunció su retiro del fútbol. Nunca olvidaremos tu performance en Italia ’90, Goyco ;)
En este envío de SIE7E PÁRRAFOS, Fernando Krapp retoma desde donde dejó: vuelve al universo psicodélico de su libro ¡Viva la pepa!, en el que contaba cómo el psicoanálisis argentino se volvió lisérgico, y ahora presenta El herborista alucinado, donde continúa flasheando.
Plus: Fernanda Juárez, periodista y autora de Fuego amigo, lee y reseña el nuevo libro de Christian Ferrer, No en mi nombre.
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Fernando Krapp parece ir por la vida saltando de proyecto en proyecto con una naturalidad asombrosa: mientras presenta un libro sobre experiencias psicodélicas (lo que nos ocupa hoy), trabaja en uno de crónicas de la Puna, un territorio que conoció gracias a una película que filmó hace diez años en el volcán Llullaillaco. Estudió Letras en la Universidad de Buenos Aires y Guión en la ENERC. Su firma resuena desde las portadas de libros como ¡Viva la pepa! o Una isla artificial, y desde los documentales Aurora Venturini, El volcán adorado y la reciente El amo del jardín. Mucho, y muy bueno.
Hablemos de su nuevo libro: El herborista alucinado, una crónica sobre la expansión de la conciencia; o sea, de la conciencia del propio Krapp, que en cada capítulo experimenta con una planta curativa ancestral y sus con sustancias: psilocibina, ayahuasca, DMT, temazcal y LSD. Es un libro interesante, un viaje hacia adentro pero más hacia afuera (a México, por ejemplo) y, a diferencia de lo que se podría esperar, es muy serio y se nota que hay una intención por encontrar alguna respuesta, allí atrás.
—Bueno, un libro más, un libro menos… una mancha más al tigre… —me responde cuando le menciono ¡Viva la pepa! El psicoanálisis argentino descubre el LSD, y le pregunto: “¿Por qué otro libro más sobre psicodélicos? ¿Uno no era suficiente?”.
Krapp acepta que El herborista alucinado funciona un poco como el lado B de aquel primer libro (cuyo coautor era Damián Huergo).
—En aquel trabajamos una línea temporal precisa y nos enfocamos en un grupo concreto de psiquiatras que trajeron el LSD al país, pero acá me propuse indagar en el mundo del confesionario psicodélico. Quizás por mi necesidad periodística, la parte confesional no alcanzó, y decidí sumar una sección que tiene que ver con la situación actual de los psicodélicos y la pregunta de si hay un resurgir en la Argentina, a partir de lo ocurrido en Johns Hopkins en Estados Unidos y en el Imperial College de Londres, y teniendo como antecedente en nuestro país al grupo de psiquiatras trabajado en ¡Viva la pepa!.
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“Veo una pelota en la mano. Me río. Entro en el viaje”, escribe Krapp en una de las páginas de El herborista alucinado. Está adentrándose en un trip psicodélico. Lo hace sin fuegos artificiales. Sus palabras son contenidas, descriptivas, precisas.
La literatura de Krapp no te va a recordar a la del William Burroughs de las Cartas del Yagé.
—En última instancia, estaba haciendo narración, construyendo un relato —me explica.— Y la narración trabaja siempre (o pretende hacerlo) con cosas concretas; al menos esa es mi formación como lector, como guionista y como escritor. Me interesaba trabajar, desde la escritura, ese mundo material que se suele dejar de lado cuando se cuentan las experiencias psicodélicas y tratar de transmitirlo a un lector de la manera más clara posible. Con estos temas uno corre un peligro parecido al que surge cuando intenta contarle un sueño a un amigo o amiga: que el otro pierda el interés o se duerma con solo escuchar la deriva onírica. Así que ubicar la situación real en la que se produce la ingesta (el setting) y luego tratar de entender el viaje con las herramientas de la narrativa fueron decisiones iniciales que terminaron por darle al libro un tono e incluso una estructura.
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Imagen: @edmarciana
—A diferencia de mis libros anteriores (Una isla artificial, Es solo una película y ¡Viva la pepa!), ahora me tomé la libertad de ser más personal. Usé la primera persona, una decisión que para mí era riesgosa porque nunca lo había hecho y porque me genera cierta desconfianza cuando los cronistas lo hacen. No me gusta cuando el cronista se pone por delante de lo que narra, o cuando detalla en exceso sus vicisitudes: los problemas que tuvo para encarar la historia o las dificultades para hacer tal o cual cosa. Pero era un riesgo que había que correr. Si iba a escribir sobre mis propias experiencias, ¿quién las iba a contar sino yo? Creo que encontré una zona, una voz que (al menos desde un lugar muy modesto) me está acompañando en lo que estoy haciendo ahora…
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Niño mexicano amigo de la psicodelia. Foto: F. Krapp
Hay un género cuyo desafío es narrar lo inenarrable, ponerle palabras a lo que está más allá del lenguaje y capturar lo que se nos escapa entre las manos como arena.
Ese género es la literatura de la psicodelia.
Krapp lo conoce.
Como recomendación final, nos invita a leer a Terence McKenna. Dice que es un clásico de la literatura psicodélica que no suele ser revisitado ni reeditado. Considera que, de lo que escribió ese hombre, El manjar de los dioses es un libro maravilloso, sin desperdicio, y también La nueva experiencia psicodélica, que reúne conferencias, textos dispersos, entrevistas y demás.
—McKenna era etnobotánico, orador y un entusiasta temprano de internet. A él le debemos la llamada teoría del stoned ape, que sostiene que el ser humano logró desarrollar su cerebro y establecer relaciones mentales complejas hasta llegar al lenguaje gracias al consumo de hongos psicoactivos; es decir, que ciertos primates habrían incorporado estos hongos a su alimentación y eso habría impulsado su evolución cognitiva.
Como idea, dice, le parece espectacular.
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Waldo Cebrero en su infancia, disfrazado de policia.
Cómo fue que una polilla llegó a tener el nombre de Donald Trump —por Fernanda Juárez*
Resulta que plantas, insectos, peces, caracoles y dinosaurios llevan el nombre de dictadores, rockeros, príncipes, modistos, astronautas y amantes de ocasión. Más de uno se sorprenderá al enterarse quiénes fueron los portadores de talentos –y no tanto– que merecieron una entrada en la nomenclatura de la naturaleza. Sobre esa cuestión decisiva –el código científico establece que los nombres, una vez consignados, ya nunca podrán modificarse– posó la lupa Christian Ferrer en su libro No en mi nombre: Taxonomía y política, publicado recientemente por la editorial Pletórica Sinfonía.
La disputa por la denominación en los reinos vegetal y animal, la cual bien podría calificarse como “la madre” de las batallas culturales, abre un planteo que lleva al autor a internarse en las profundidades de los archivos de la creación: alguien quedará inmortalizado si es que su nombre (“la cobertura lingüística del ser”) resulta elegido para designar, a perpetuidad, a otro ser vivo.
La cuestión de fondo sería ¿cómo se selecciona el nombre de un espécimen y qué hay detrás de cada denominación científica? En la lucha por nombrar se cuela un asunto que va más allá de gustos y ocurrencias de académicos. Ferrer hizo una excursión por los anaqueles de las ciencias naturales y encontró un sinfín de caprichitos, embates y chifladuras detrás de la noble actividad que ejercen entomólogos, zoólogos y botánicos. La vanidad, el amor, la estupidez, la ambición y el azar –sobre todo el azar, ese gran principio ordenador del universo– tienen un rol decisivo en la inventiva científica.
Tras miles de años de presencia humana en el planeta, sabemos que es casi imposible descubrir una nueva especie, pero más difícil parece acertarle con un buen nombre a ese descubrimiento. A juzgar por ciertos bautismos, muchos seres vivos seguramente hubieran preferido permanecer en el anonimato antes que caer bajo los influjos de la varita mágica de humanos jugando a la creación. El autor también recuerda que indios y chamanes ya habían nombrado casi todo lo conocido, pero el hombre blanco decidió volver la causa a foja cero. Así, el libro gordo de la vida se pobló de palabras en latín y borró las voces originarias que las precedieron.
[sigue]
Fernanda Juárez es una periodista cordobesa. Escribió el libro Fuego amigo, sobre la explosión de la fábrica militar. Hay una entrevista con ella en este envío de SIE7E PÁRRAFOS.
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[cont.] La responsabilidad no sólo le cabe a científicos –cultores de la buena vida en el laboratorio–, sino también a curiosos de jardín, avistadores, exploradores y aventureros de toda laya que han colaborado en la elaboración del interminable inventario natural. Pero a diferencia de lo que sucede con la toponimia –la disciplina que se ocupa de la denominación de los lugares– el nombre de una especie se decide, como ya dijimos, una única vez y para siempre. No hay derecho al pataleo si en las preferencias del momento quedaron los apellidos de jerarcas nazis, asesinos, farsantes, malhechores o villanos. Así se acordó en la biblia de los naturalistas: un nombre para toda la eternidad ¿Acaso hay a algo más perdurable que una estrella de mar, un bichito de luz o una rosa?
Christian Ferrer indaga en los “climas de opinión” y en las huellas culturales que conforman ese registro mundial de nombres perennes. No es la etimología ni el origen de esos patronímicos lo que interesa al autor, sino buscar en la excepcionalidad y enlazar esa rareza con la “espuma social” del momento que llevó a coronar tal o cual denominación. Con gracia e ironía –el nuevo tono de Ferrer para decir las cosas–- el libro se concentra en las desopilantes conexiones que se establecen entre significado, significante y referentes, tanto del ecosistema natural como del contexto histórico mundial. El libro supone que hay una verdad última escondida en esa relación, escasamente explorada, entre las formas naturales y su manifestación lingüística. La rigurosidad de los datos es otra característica de la obra. Son locuras humanas las que se relatan, sí, pero todas increíblemente ciertas y debidamente referenciadas. Como bonus track, la edición incluye una página con ilustraciones de insólitas figuras antropomórficas y un soberbio índice onomástico de los seres vivos mencionados.
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The Washington Post anunció que su suplemento Book World no va más: no más reseñas de libros. Nubarrones en el mundo editorial.
The Atlantic propuso en un artículo: “Un crítico literario, o la sección literaria de un periódico, es un convocante que reúne a la gente en torno a un nuevo libro o escritor, una tendencia literaria o una controversia. […] Cuando estos críticos y editores desaparecen, todo el ecosistema literario se resiente. Los lectores ya no descubren nuevos escritores ni nuevos tipos de escritura que podrían gustarles. A las editoriales les resulta más difícil conectar con el público, por lo que publican menos libros y hay menos editores aventureros. Los escritores no reciben la retroalimentación pública que necesitan para desarrollar su talento. Y, por supuesto, a los pocos que realmente disfrutan escribiendo reseñas les resulta más difícil ganarse la vida…”
(Para eso sirve comentar libros.)

- taller -
Un Japón propio II
10, 17 y 31 de marzo - Virtual
Es un taller de tres encuentros (virtuales) que explora la cultura japonesa.
El foco está puesto en la curaduría de imágenes, la selección de fuentes y el material, en la atención a los detalles. También en los aspectos sensoriales que cada tema propone. Es un taller basado en el amor y en la curiosidad que podemos sentir por la cultura japonesa.
El deseo que acompaña a UJP es que cada módulo sirva como disparador para la búsqueda de cada participante en este enorme rompecabezas que es Un Japón propio.
Malena Higashi elige cuidadosamente fragmentos de libros, videos e imágenes para trabajar en cada clase.
La bibliografía está incluida en el curso y se enviará por mail una semana antes de cada encuentro.
Las clases quedan grabadas para quienes quieran verlas de manera asincrónica.
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Nos vemos por ahí,
Javier



