Paloma Fabrykant busca el puñetazo perfecto | Bayly recrea a Chávez
¡Feliz domingo 15 de marzo de 2026! Hace dos años comenzó un encuentro deportivo de karate realmente importante. Fue en Antalya, Turquía, y participaron 376 karatekas.
En este envío de SIE7E PÁRRAFOS: Paloma Fabrykant habla sobre Toda tu furia, una novela en la que explora el mundo del karate y de las artes marciales mixtas. Lo hace a través de Lidia, una chica que busca la redención espiritual en el dojo y que, por otro lado, descubre el sabor del vértigo en el octógono.
Plus: en Los golpistas, Jaime Bayly se divierte narrando la lucha del presidente de Venezuela Hugo Chávez por afirmarse en el poder, la ayuda de Fidel Castro y la torpeza de sus enemigos.
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Fotos de Alejandra López.
Hace un tiempo, en un encuentro de autores y editores de Planeta, me quedé charlando con Paloma Fabrykant un rato. El piso de arriba del bar Los Galgos estaba repleto de gente, se escuchaban instantes de conversaciones ajenas y agradables, la comida estaba bien; circulaban por ahí varios escritores bestsellers. Estaba Fabián Casas, que se acercó a Fabrykant y a mí, y cuando lo hizo el tema de charla —por supuesto— fue el karate. Los tres practicamos karate y Paloma Fabrykant dijo, justo, que estaba escribiendo una novela con mucho karate.
Le pregunté: “¿De qué se trata?”.
Conociéndola como la conozco —de una manera cercana y a la vez distante: nuestros contactos han sido esporádicos pero valiosos—, me tomé muy en serio lo que ella respondió: “Es sobre una chica que busca el tsuki perfecto”.
El tsuki perfecto; o sea, el golpe de puño definitivo.
Por fin —pensé esa noche—: alguien con respeto por el leguaje, con oficio y con una larga experiencia en el dojo va a publicar un libro sobre el universo, todavía poco contado, del karate-do (!).
Ahora ese libro acaba de salir: Toda tu furia.
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Yo empecé a hacer karate a los 8 o 9 años.
Dejé, volví, dejé, volví.
Probé la forma de dos grandes estilos. Tuve varios cinturones. Di muchos exámenes. Recorrí unos cuantos kata. ¿Moretones? Miles. Sigo en esto.
El esfuerzo, el rigor, el dolor; la recompensa, la templanza, la fuerza: conocí a cada uno de esos maestros en mi pequeño camino y también en el gran camino. Gracias a esos maestros —y a los de carne y hueso—, aprendí a creer ciegamente en el karate.
Sin embargo, casi nada de lo que leí acerca de esta disciplina logró transmitirme el poder que emana del espíritu al lanzar un puñetazo en el dojo (un tsuki), o la tensión en la mirada, o el filo en la mente.
El mismo Fabián Casas escribió algunas páginas sobre el camino de la mano vacía (eso es lo que significa “karate-do”); hay muchos libros para aprender las técnicas (como por ejemplo este de Shoshin Nagamine); hay algunos otros para conocer la historia.
Pero lo de Fabrykant es distinto.
Lo puedo decir ahora porque leí Toda tu furia.
Leí, por ejemplo, donde dice:
[…] aquí los alumnos se mantienen todos de pie, firmes, formados en tres hileras con dignidad militar, como un pequeño ejército. Y el palo que lleva el profesor no es un boken sino un shinai, una caña de bambú que usa para marcar el ritmo golpeando el suelo y corregir las posturas de sus alumnos. El ritual es extraño y pintoresco. El profesor imparte órdenes en japonés. Los estudiantes se mueven al unísono, en perfecta sincronía. Tiran golpes, pero muy distintos a los del kick boxing. Es una técnica depurada: todos tienen los pies en la misma dirección, las rodillas dobladas en el mismo ángulo, las manos haciendo el mismo preciso dibujo en el aire. Después de cierto número de repeticiones, todas las gargantas gritan una sílaba a la vez. La imagen te impacta por su belleza. Se respira comunión, unidad. No es un grupo de pibes en joguineta tirando piñas para cualquier lado, como hacés vos. Es algo más elevado, una experiencia estética, un hecho artístico.
Algo así.
Algo así era lo que yo estaba buscando: las palabras justas que traducen mil historias nacidas más allá del lenguaje.
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Lidia, una adolescente, es la protagonista de Toda tu furia.
Cuando la novela empieza, Lidia es demasiado redonda y demasiado tímida. Después de varias páginas de dramas y excesos, por fin descubre el karate y se entrega por completo. Sensei, su maestro japonés, es su guía —duro y noble. Lidia sueña con competir. Aprende a ser paciente: en el karate competir no es el objetivo principal, así que debe esperar un poco. Y entonces, cuando el jiujitsu brasileño se cruza, la tentación de subir a un octógono confunde a Lidia.
—La novela no es autobiográfica —me dice ahora Fabrykant—, sobre todo porque yo creé un personaje distinto a mí. Me embola un poco la literatura del yo… De hecho, los grandes escritores son los que trascienden su experiencia. Traté de hacer un personaje opuesto a mí, pero que de alguna manera, y esto es contradictorio, tuviera sensaciones como las que yo tuve.
Las sensaciones aparecen a lo largo de la historia, definitivamente, y Toda tu furia es uno de los libros más honestos que se han escrito por estas latitudes sobre artes marciales.
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Hace unos años, Paloma Fabrykant lanzando un tsuki.
—Entonces, ¿qué es eso del tsuki perfecto? ¿Cuál es la magia de un puñetazo?
—Ah, qué difícil… —Fabrykant se toma un segundo antes de responder.— “Arte” es cualquier actividad cuya función predominante sea la estética, ¿no?, creo que algo así es la definición que dio algún ruso. “Marcial” quiere decir militar. La técnica de un arte marcial debe combinar las dos cosas: debe ser estética, bella y funcional. Entonces el tsuki perfecto es ese que salió con todo el cuerpo en la posición correcta, con cada músculo en la tensión correcta, con los pies en el ángulo correcto, con las muñecas en el ángulo correcto... Hermoso estéticamente y a la vez útil para salvarte la vida y para desmayar a tu oponente.
Leo en Toda tu furia algo sobre la ejecución del tsuki:
“… la proyección del puño recto con el brazo cruzado. Esa es la técnica que convierte al karateka en un arma letal: un impacto, una muerte. Mirás cómo rota la cadera tu profesor y tratás de imitarlo haciendo fuerza con la pelvis sin ningún resultado. Pero no te rendís. Todo lo que parece un obstáculo debe convertirse en una prueba, una oportunidad para superarte. Estás convencida de que tu fe y tu compromiso operarán el milagro. Con el tiempo lográs descomponer la dinámica del movimiento: el pie empuja el piso, el piso devuelve la fuerza y el puño se carga con la potencia de todo tu cuerpo conectado a la tierra. Te sentís realizada: tu gyaku tsuki funciona”.
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—En karate se dice: un golpe, una muerte —sigue contándome Fabrykant.— El arte, en general, debería tener vida y muerte. El arte marcial de verdad lo tiene todo. En cambio, la literatura, la fotografía y la música... apenas si entretienen.
Fabrykant publicó su primer libro a los 19 años: Cómo ser madre de una hija adolescente, escrita por una hija adolescente (Planeta). Trabajó en agencias de publicidad, en redacciones y en sets de televisión. Recorrió asentamientos y cárceles, y cubrió operativos policiales contra el narcotráfico. Su curiosidad por explorar zonas hostiles la llevó a lugares donde otros periodistas no van. Diario de Rosario (Emecé) fue su primera novela, y ahora es guionista del programa Bendita, en Canal 9.
Dice que las artes marciales han sido siempre su cable a tierra, su punto de fuga, su vía de escape...
—… porque así me siento yo: una artista marcial.
Sólo me queda agregar que Toda tu furia es, también, un libro sobre...
➡ la obsesión.
➡ la difícil elección entre la austeridad espiritual y el éxito terrenal.
➡ y un sensei cuya mirada puede ser salvadora o destructiva.
Digamos que Fabrykant podría haber escrito una novela complaciente, romantizada, plagada de proverbios orientales y de maestros de esperable sabiduría.
No lo hizo.

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Dando vuelta la página…
Jaime Bayly no tiene piedad.
En la novela Los golpistas (Galaxia Gutenberg), Bayly escribe sobre el golpe de Estado más ridículo de la historia reciente de América Latina: el de abril de 2002 contra Hugo Chávez en Venezuela. El coup triunfó el primer día y, absurdamente, fracasó al tercero. Bayly, una mente ácida y destacada, dijo que se pasó los últimos 20 años tratando de entenderlo. Los golpistas es su “informe”.
La trama plantea algunas preguntas. Si los militares capturan a Chávez, lo obligan a renunciar y lo tienen en sus manos, ¿por qué después no saben qué hacer? ¿Por qué dudan entre fusilarlo, mandarlo a Cuba o condenarlo a cadena perpetua?Improvisan como amateurs. Se pelean entre ellos. Nunca ganan legitimidad.
Parece ficción, pero no lo es —o no del todo. Y también luce ficcional este Hugo Chávez escrito por Jame Bayly: un Chávez que, a diferencia de lo que él quiso para su imagen pública, se ve aquí como un hombre inseguro y temeroso. Lo divertido de Los golpistas es su tono de comedia de enredos. Pero también tiene algo triste, y es que preanuncia la tragedia que atormentó a un país.
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En una entrevista reciente, cuando le preguntaron qué significa ser libertario, Bayly dijo algo que me parece clave para entender su trabajo:
“No vale ser libertario solo en la economía. Carece de mérito a estas alturas ser un capitalista y un defensor del libre mercado. Yo también soy un defensor de la libertad en asuntos más espinosos e íntimos. Respeto la libertad de las mujeres que desean interrumpir un embarazo; la libertad de las minorías sexuales para tener los mismos derechos que las mayorías sexuales; la libertad de los individuos para creer en cualquier confesión religiosa o no creer en ninguna, y por eso el Estado debería ser rigurosamente laico y no favorecer con exenciones y prebendas a una determinada religión o cofradía; la libertad de las personas adultas para intoxicarse, si así lo desean; la libertad de los ciudadanos para escapar de países que no son libres y buscar refugio en otros que sí lo son”.
Algo de eso se nota en su escritura.
Bayly no toma partido en su novela por la izquierda ni por la derecha, pero muestra cómo todos los personajes —militares, empresarios, curas, políticos— son capaces de traicionarse cuando les conviene, porque son hombres mediocres buscando poder y porque la estupidez puede ser tan definitoria como la astucia. Ninguno de sus personajes ama la libertad, y eso ya los hace un poco villanos.
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