Gonzalo Maier: el secreto de la literatura chilena | Haley Cohen Gilliland y su libro sobre la dictadura, los nietos apropiados y el rol de la ciencia
Hoy es lunes, 23 de marzo de 2026. Cincuenta años atrás, la suerte del gobierno de Isabel de Perón estaba echada. Y también la suerte de un país.
En el libro Isabel, Facundo Pastor recreó con pulso y tensión las horas previas al golpe de Estado: “El día se consumió en reuniones donde ultimaron detalles. Cerca de las once de la noche [los pilotos militares] volaron hacia el helipuerto presidencial de la Casa Rosada”.
Ahora Pastor acaba de publicar El cuerpo de Perón (¿Más sobre este libro? Sí, muy pronto en esta newsletter.)
En este envío de SIE7E PÁRRAFOS, una entrevista con Gonzalo Maier —una estrella distante (e indie) de la literatura chilena— en torno a su ensayo (con gusto a novela) Hong.
Plus: Cómo es A Flower Traveled In My Blood, el libro sobre la búsqueda incansable de las Abuelas de Plaza de Mayo, firmado por la periodista estadounidense Haley Cohen Gilliland.
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Imagen de Gonzalo Maier, modificada con Google Nano Banana 2, en base a una captura de pantalla de la videollamada de Zoom.
El problema central en la vida de un artista es el dinero, dice el narrador de Hong, y lo repite una y otra vez. El problema es: “de dónde sale la plata”. (¿Te suena?)
Hong, el nuevo libro de Gonzalo Maier, no tiene exactamente la forma de una novela, sino más bien la de una larga reflexión, en boca de un personaje aparentemente inexistente, sobre la vida dedicada a la escritura. Maier —chileno, 44 años— publicó libros con títulos como Mal de altura, Otra novelita rusa, Leer y dormir o Cuando cumplí cuarenta. Son libros breves, inclasificables, que se mueven entre el ensayo, la crónica y la ficción. En otras palabras, sabe bien cómo es eso de la vida dedicada a la escritura.
Y por cierto, con libros inclasificables se convirtió (según escribió Mauro Libertella en el diario La Tercera) en el secreto mejor guardado de la literatura chilena reciente.
Ahora, en Hong, el narrador es un escritor que se identifica con el cineasta Hong Sang-soo para decir que si en el arte falta el dinero y hay que trabajar con la escasez, al final eso quizás no esté tan mal porque generará una estética y una ética.
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—O sea, creo que pasan varias cosas ahí… —me dice Maier desde Providencia, Santiago, en la mañana de un jueves de marzo. Hablamos vía Zoom. Le acabo de preguntar por la voz de autor que muestra en muchos de sus libros.— Por un lado, creo que esa voz del narrador viene del ensayo, viene del ensayo más clásico, digamos, como de Montaigne, viene de toda esa línea que ha avanzado hasta coquetear con la ficción y con la no ficción también. Cuando me preguntaron de Eterna Cadencia si tenía algo para publicar, les respondí: sí, miren, tengo este ensayo. Y ellos me dijeron: ¡ah, qué buena novela!
“… no me hago ni un poco cargo de esa pregunta acerca de dónde comienza la ficción, la crónica, el ensayo… Vivo en esa frontera.”
Maier me explica que vive en ese estado intermedio donde en los ensayos que él piensa como ensayos se entromete irremediablemente la ficción.
—Entonces mi posición personal, privada, íntima incluso, es: yo escribo libros, y punto. O sea, luego, no me hago ni un poco cargo de esa pregunta acerca de dónde comienza la ficción, dónde comienza la crónica, el ensayo, hasta qué punto éste que narra eres tú. Vivo un poco en esa frontera. Es linda, productiva, y me gusta habitar esa indefinición. Y justamente: la indefinición también es un poco el centro del ensayo como género… eso de estar ensayando, intentando, fallando.
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—El narrador de Hong piensa y repiensa el asunto de ser escritor. ¿Vos quisiste ser escritor o fue algo que apareció sin plan y sin aviso previo?
—¿Quieres la respuesta más franca? Yo creo que siempre quise ser escritor, o sea, también quise ser otras cosas, no? En un momento quise ser, lógicamente, futbolista, astronauta, tenista… Pero el querer ser escritor fue una inquietud persistente, desde que tengo recuerdo, en gran parte porque nunca quise trabajar y me parecía que los escritores no trabajaban, ¿no? Bueno, como dice [Alejandro] Zambra: cuando uno es chico, todos los escritores siempre están muertos.
Después de hablar un rato sobre la romantización de los clásicos, Maier dice que al final se dio cuenta de que escribir, si uno vive de lo que uno escribe, es algo que no se puede mantener apartado del resto de las cosas.
—Escribir, si eres un escritor, es una forma de acercarse a la realidad, es una forma de ir a buscar a tu hijo al colegio, es una forma de ir a comprar pan, es una forma de ver tele... O sea, es una posición subjetiva, ¿no? Ser escritor es un punto de vista, al final.
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—Al escribir Hong, ¿te dio pudor en algún momento hablar de plata tan descarnadamente?
—No, porque llevo un tiempo hablando de plata. Yo doy clases a chicos de pregrado, de entre 18 y 23, que están estudiando Letras, o a gente que está haciendo posgrados en Letras, y con ellos tomé el gusto de hablar de plata. Hay una fantasía muy clara, como la que yo te decía de cuando era chico: todos creen que pueden ser escritores indie, o escritores mainstream, o lo que sea, y creo que esa conversación es súper importante. Creo que este tema le entrega a la literatura una capa concreta, muy marxista en un sentido, sobre las condiciones de producción que determinan la obra.
A Maier le parecía imposible escribir un libro como Hong sin tocar el tema del dinero. El dinero está en el centro de todo, me dice de nuevo. Y Hong tiene la honestidad, la astucia y la brevedad de los manifiestos.
—Hong tiene algo de declaración de intenciones —dice.
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—Ya me contaste que quisiste ser escritor, pero... al final, ¿en qué momento te sentiste escritor?
—Yo no sé... hace poco. Hace, digamos, dos años, un año, no sé, no sé cuándo, en verdad.
Publicar Hong desafiaba a Maier porque es un libro breve, de 84 páginas, pero es el primero en el que él nos habla desde su identidad de escritor…
—… y antes siempre he sido más esquivo, como que he sido más esquivo con todo…
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Dando vuelta la página…
Veo por ahí todo tipo de notas por el aniversario de golpe de Estado de 1976 y, por mi parte, quiero detenerme en un libro que salió el año pasado en los Estados Unidos y que aporta una perspectiva diferente.
Me refiero a A Flower Traveled in My Blood: The Incredibel True Story Of The Grandmothers Who Fought To Find A Stolen Generation Of Children (Simon & Schuster), de Haley Cohen Gilliland. Es la historia de las Abuelas de Plaza de Mayo y, especialmente, de Rosa Tarlovsky de Roisinblit —que encontró a su nieto después de 22 años—.
Gilliland fue corresponsal de The Economist en Buenos Aires y ahora es la directora de la Yale Journalism Initiative —un programa de periodismo de la Universidad de Yale—. El libro se despliega a lo largo de unas 400 páginas: apoyándose en archivos, en entrevistas y en la reconstrucción de escenas, con un tono que evita la declamación, Cohen Gilliland resalta el triunfo de la genética para identificar a las personas apropiadas e ilumina un laberinto de dilemas surgidos en la recuperación de esos nietos que tras años o incluso décadas llegan a querer a las familias que los han secuestrado o adoptado (a cada caso le corresponde una de estas palabras, y seguramente hay otras).
O sea, el planteo del libro es que si la ciencia es una herramienta de resistencia, entonces los militares podrán quemar archivos y destruir pruebas, pero nunca acabarán con la verdad. Porque la verdad se encuentra en el ADN de los nietos que todavía hoy caminan por las calles argentinas sin saber quiénes son.
The New York Times y The Washington Post colocaron este libro entre los mejores del año.
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Haley Cohen Gililland. Foto: Rachael Gorrie
A Flower Traveled in My Blood: el título está tomado de “Epitafio”, un poema de Juan Gelman. Dice: “Un pájaro vivía en mí./ Una flor viajaba en mi sangre./ Mi corazón era un violín.”
El trauma viaja por el torrente sanguíneo, y si olvidamos cómo se construyó la mentira biológica de la dictadura, estamos condenados a volver a padecer esos métodos de deshumanización. Este razonamiento se vuelve desafiante en un panorama global donde la posverdad y el negacionismo ganan terreno.
Por eso, a Flower Traveled in My Blood hace del caso argentino un drama global y, en última instancia, la historia que se cuenta en este libro reverbera ahora, 50 años después del golpe de Estado, como una advertencia.
¿Algo más? Sí. Me encantaría enterarme de que este libro va a ser traducido muy pronto al español.
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